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Artículo de Enric González
El oxímoron puede parecer un recurso retórico inofensivo. Ya saben, “nieve ardiente”, “instante eterno” y cosas así: la yuxtaposición de dos conceptos antitéticos. Hay gente que lo utiliza con frecuencia y no me opongo: creo en las libertades individuales y, hasta cierto punto, en la tolerancia. Que cada uno haga lo que quiera, mientras no perjudique al prójimo. Es decir, estoy a favor del uso privado, pero empiezo a pensar que, como con el tabaco y la religión, habría que establecer restricciones en el uso público.
Habrá quien no vea el problema. Y ese es precisamente el problema: que ya no percibimos el oxímoron. Algunos clásicos del género son tan obvios que no molestan: “música militar”, por ejemplo. O aquel diario tan carca que se llamaba El pensamiento navarro y cuyas opiniones se caracterizaban por un absoluto desprecio hacia cualquier actividad intelectual.
Esto ha cambiado. Ahora, hasta personas sensatas dicen “fuerza de paz” cuando se habla de enviar tropas al extranjero. El caso es que en el oxímoron moderno una de las dos partes constituye, siempre, una mentira puñetera. Y cuanto más mentira, mejor cuela.
El oxímoron más peligroso de nuestros tiempos fue creado casi como un insulto hace más de medio siglo. En los años cuarenta, Adorno y otros filósofos de la Escuela de Francfort acuñaron el oxímoron “industria cultural” para definir la mercantilización de la cultura y su uso por parte de las clases dominantes como instrumento de control sobre la sociedad.
Ya ven lo que ha ocurrido. La “industria cultural” se llama a sí misma “industria cultural”, y lo hace con orgullo. Dicha industria vive mayormente del fútbol, de melodías más o menos contagiosas y de Spiderman VIII, pero ojo, es “cultural”. Quien copia o utiliza sin pasar por caja uno de sus productos registrados comete el peor de los delitos: contribuye a la destrucción de la cultura. Cuando alguien se baja de Internet Ángeles y demonios (allá cada cual con sus vicios), las artes, las letras y el pensamiento entran en crisis.
Se lo ruego: cada vez que lean o escuchen la expresión “industria cultural”, sustitúyanla mentalmente por “negocio”. Lo entenderán todo mucho mejor.
14 Julio 2009 por mvalles
Una cuota nada desdeñable de la actualidad se invierte en llorar la pérdida de un brazo por parte de quienes se zambulleron a sabiendas en aguas infestadas de tiburones. Cuando un adulto decide jugarse la vida a las múltiples variantes de la ruleta rusa, su fallecimiento debiera ser menos notable y noticiable que su supervivencia. Impuso su santa voluntad en un mundo de cobardes. Los famosos Premios Darwin se han concebido para honrar a los humanos que se saltaron las reglas timoratas del genoma, y que enriquecieron a su especie al abandonarla nel mezzo del cammin. No deseo que nadie muera en los sanfermines, pero respeto la libertad de los corredores y espectadores que evidentemente suspiran por ese desenlace, salvo que se pretenda la inocuidad de azuzar hasta la locura a una bestia de 600 kilos con la cornamenta correspondiente.
Los hipócritas que abominan hoy de unos sanfermines en su sangre se oponen a la esencia de los testiculares encierros. Cuando un conductor pone su coche a trescientos kilómetros por hora, la sociedad debe preocuparse únicamente de que salgan indemnes los viandantes, porque el piloto ya ha manifestado con el acelerador el nulo apego a su existencia. Por eso mismo, la noticia de la entrañable fiesta pamplonica es que la inmensa mayoría de los participantes abandonan la carrera ilesos, con la consiguiente decepción de los espectadores.
Escribir sobre los sanfermines ensangrentados tiene algo de intromisión en un debate intrataurino o intrauterino, pues sólo los entusiastas deben graduar el volumen de sangre que requiere su afición. Si se insiste en que toro y torero compiten en igualdad de condiciones, de dónde viene la sorpresa cuando vence el animal equivocado. Hasta los valientes de profesión quieren lo mejor de ambos mundos, degustar el afrodisiaco del roce con la muerte sin mancharse. Su demostración de que el ser humano pierde mucho sin sus ingenios de matarife nos parece redundante. Queda el asombro hacia las personas que mueren sin miedo, el derecho inalienable al suicidio.
XL Semanal / Arturo Pérez Reverte
En barco, sobre todo si se trata de un velero, es un ser vivo. Fue Joseph Conrad quien dijo que, del mismo modo que los hombres, esos singulares individuos flotantes se mueven en un elemento inestable, sometidos a sutiles y poderosas influencias, y prefieren ver sus méritos apreciados que sus defectos descubiertos. Creo que nunca hubo una verdad como ésa. Hay barcos torpes, lentos, veloces, húmedos, caprichosos, astutos, celosos, ingenuos, ingobernables. Hay barcos felices y barcos tristes. Hasta en el modo de bornear cuando están al ancla se les notan las maneras. Los hay de poco carácter, siempre dispuestos a ser lo que es el hombre que los gobierna; pero también con personalidad propia, acusada, capaces de tomar por sí mismos decisiones fundamentales para su supervivencia y la de aquellos a quienes transportan. Yo mismo he visto, en mitad de un chubasco espantoso y con un viento inesperado, brutal, que rompió el anemómetro en la cifra de 51 nudos y siguió subiendo, a un velero noble gobernarse por sí solo, adoptando la posición correcta a la espera de instrucciones de su patrón, durante el dramático minuto que éste, cegado por una intensa lluvia casi horizontal, tardó en encender el motor, arriar velas y hacerse cargo del timón. Un buen barco piensa por sí mismo, y es capaz, en las condiciones adecuadas y bien gobernado, de hacer cualquier cosa menos hablar. Incluso, para un oído atento al macheteo de la proa y el aguaje en las bandas, el crujir del casco, el vibrar de la jarcia y el gualdrapeo de las velas, algunos barcos hablan. Por eso, cuando hay mal tiempo y las cosas se ponen duras, el navegante experimentado blasfema –nadie tan proclive a eso como un marino– e insulta a Dios, al mar o a su perra suerte. Nunca al barco.
No es casual, por eso, que los barcos tengan nombre propio. Una de mis aficiones es leer amuras y espejos de popa. Cuando un nombre me llama la atención, lo apunto. Algunos están asociados a malos recuerdos, como el de un petrolero que me hizo pasar muy mal rato entre Menorca y Cerdeña, o un pesquero de Santa Pola con prisas y de regreso a puerto, gobernado por un perfecto hijo de la gran puta, que me pasó, desde babor y yendo yo a vela, a un metro exacto de la proa, dejándome una sensación de furiosa impotencia que no olvidaré en mi vida. En cuanto a los barcos deportivos, es frecuente que sus nombres reflejen el carácter, ensueños o sentido del humor de sus propietarios. Los hay de talante modesto, como Cascarón; musicales –el Syrtaki de mi compadre Luis Salas–, y con sentido del humor, como Socarrao y Saleroso. Tampoco faltan los agresivos –Barracuda, Tiburón–; los tiernos con un toque cursi –Mi sueño–; los patrones ajenos a toda superstición, capaces de llamar a su barco Borrasca o Tormenta; los de manifiesta mala leche –Piraña–, o los que van sobrados por los mares: Love Machine. Otros nombres, como el Viera y Clavijo del capitán Siso, son monumentos flotantes a la nostalgia. Me enternecen los que no se complican la vida: Lola, Carmen, Manolo, Encarni y cosas así; y también los barcos guiris cuyos propietarios se hacen la chorra un lío con los idiomas o el paisaje a la hora de bautizarlos: Bono viento, Gitana mora, Fiesta hispaniola. En mi lista de nombres tampoco faltan un cinéfilo –Ventury Fox– ni un indeciso: Depende.
La historia más pintoresca de nombres de barcos la viví en persona hará diez o doce años, cuando escuché por radio una llamada de socorro en los siguientes términos: «Arriba España, mayday, mayday. Latitud tal, longitud cual. Mayday. Arriba España». Hasta que llegué al lugar del siniestro, dispuesto a prestar auxilio, estaba convencido de que se trataba de un fantasma de la Guerra Civil, y que cuando llegase allí me iba a topar con el espectro del crucero Baleares hundiéndose de proa bajo los focos del Boreas y el Kempelfelt. En vez de eso, lo que encontré fue una embarcación a motor de ocho metros con banderas rojigualdas pintadas a una y otra banda; y a popa, flameando al viento, una enorme enseña franquista con el escudo de la gallina. Había a bordo un tipo flaco y moreno, de edad madura, con gorra de capitán. Sin poder darle crédito a la cosa –apartaba los prismáticos para frotarme los ojos y volvía a mirar de nuevo–, comprobé que el nombre de la embarcación, pintado con letras bien gordas, era precisamente ése: Arriba España. Luego supe que el patrón era miembro de un club náutico próximo, y obviamente más surrealista y facha que la madre que lo parió. Se había quedado al garete por una avería del motor, y derivaba hacia la costa. Le di un cabo hasta que vinieron a remolcarlo, solucionamos el asunto, y allá se fue el hombre con su barco y sus banderas. «Es para joder a los rojos», dijo al despedirse. «Así, cada vez que alguien me llama por radio, lo obligo a decir Arriba España.»