Acabo de leer este texto de un colega, al que seguro que no le importa que lo difunda, sobre la falsa democracia a la que estamos sometidos y al inmovilismo racional establecido en las mentes de un grandísimo número de españoles. El eterno engaño de que las cosas no pueden cambiar. Hay un debate de fondo muy interesante acerca de como los medios de comunicación, los políticos, nuestras familias generan una falsa idea de democracia incuestionable. A mi sólo se me ocurre una medicina: la cultura. Por desgracia en ese punto estamos aún peor que en I+D. Otra vez es el sistema, el mayor interesado en una masa aborregada que no se cuestione nada más que levantarse otro día más. La pobre educación, la falta de autocrítica y la incultura imperante son el primer obstáculo a superar para atacar integralmente lo que se comenta en su interesante reflexión.
Well done Charles!!!
Aquí os dejo el brillante texto del Carlos Ruiz con el que coincido bastante:
“Las personas son seres racionales, incluso en el día de las votaciones para legitimar la falsa democracia y auténtica partidocracia que padecemos.
Yo, en cambio, confío en el buen uso de la razón. Esperamos que los españoles y europeos pierdan el miedo a razonar y, sobre todo: pierdan el miedo a concluir su razonamiento, pierdan el miedo a llegar a las conclusiones que se derivan de la premisa mayor y la premisa menor; y actúen en consecuencia en la vida social.
Para establecer la premisa mayor correcta en el razonamiento político fundamental hay que empezar sospechando de que la situación política actual en España “no es una democracia”.
No es tan difícil sospechar que el régimen político que soportamos no tiene las características mínimas de una verdadera democracia formal y representativa: a) No tenemos una Constitución que separe el poder ejecutivo del gobierno del estado de la potestad judicial y del gobierno de los jueces, b) además de carecer de un parlamento de la nación constituido por representantes democráticos de sus distritos electorales que hagan nuestras leyes y contrapese, limite y vigile al presidente del gobierno y del estado.
No tenemos esa constitución formal ni materialmente. No tenemos democracia representativa, en definitiva.
Podemos empezar el ejercicio de la sospecha fundamental por los datos de la experiencia y comparar nuestra supuesta “democracia” con la francesa o la norteamericana. No son democracias formales cien por cien, pero son países cuyas economías y desarrollo social y cultural son superiores a los de España, y en los que, por tanto, podemos compararnos políticamente pues pertenecen a nuestra cultura occidental en sentido amplio.
Así, una democracia verdadera, por tanto, debe poseer unas elecciones directas al presidente del poder ejecutivo. Esas elecciones existen en EEUU y en Francia. Son las elecciones democráticas par excellence, como dirían nuestros vecinos del otro lado de los pirineos.
Y como son elecciones al jefe del ejecutivo, también son las mismas votaciones democráticas para el jefe del estado, para la figura pública representativa del país.
Pues bien, esas elecciones directas, a una vuelta o a dos, NO existen en la partidocracia española. Los votantes españoles no podemos elegir entre varios candidatos a nuestro presidente de gobierno y del estado. No nos engañemos en esto.No podemos elegir y deponer directamente al jefe del estado pues tenemos una Monarquía hereditaria. Y no podemos elegir y deponer directamente al presidente del gobierno porque no hay elecciones presidenciales.
En las mesas electorales del 20-N no existía una urna para la elección del presidente del gobierno, ya sea Rajoy o Rubalcaba o Cayo Lara o Rosa Díez. Ni se conoce ese tipo de urnas ni se la espera en la partidocracia española.
La propaganda mediática insistía – ¡ incluso Jiménez Losantos ¡- en que “ se había votado al nuevo presidente del gobierno”, pero no se había votado tal cosa. Se votó ratificar una lista de partido estatal para una supuesta Cámara Legislativa o parlamento.
Podemos, entonces, sospechar legítimamente que el engaño o truco esconde algo más peligroso, es decir, que si no hemos elegido directamente al presidente de gobierno tampoco habremos elegido a un verdadero parlamento, pues un parlamento es para que haga nuestras leyes- para eso estarían nuestros representantes políticos de distrito elegidos por la mayoría de los votos en una elecciones al efecto-, y, sin embargo, Rajoy indica que él y su partido “harán las leyes que reformen la economía”. ¿Quién controlará entonces al gobierno si el parlamento no tiene esa función?
El 20-N ha servido, entonces, para ratificar a los miembros del partido estatal del presidente del Gobierno, miembros que no lo controlaran en nada pues incluso son sus “amiguetes”, ni harán nuestras leyes, simplemente se dedicarán a obedecer las órdenes del poder ejecutivo, incluso contra lo que afirma la CE-78 que tiene prohibido el mandato imperativo.
El ejercicio de la sospecha racional por el votante puede ir, por tanto, un poco más lejos y percatarse de que el órgano de gobierno de los jueces es decidido por el gobierno de Rajoy.
Las conclusiones legítimas se derivan racionalmente: el régimen político actual en España, introducido en la transición española y que se fundamenta en la constitución de 1978, NO es un democracia representativa, ni tan siquiera una democracia semejante a la de los EEUU y Francia, y, sin embargo, se me pide el voto para que participe y legitime tal sistema electoral y político.
¿Qué debo concluir, entonces? Pues no hay otra conclusión lógica que la abstención, es decir, que si soy una persona racional no debo votar pues con ello legitimo a una falsa democracia. Y, entonces, ¿por qué los periodistas de televisión, radio y prensa escrita no hacen tal razonamiento en la noche del 20N ? Por el miedo a la conclusión y a lo que se deriva de tal conclusión: la acción política activa y pacífica hacia la Libertad constituyente y la República Constitucional.
Carlos Ruiz de Toledo.
Bonus track:
La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre. Con excepción de todos los demás. Winston Churchill